Con la llegada de febrero, Cataluña se sumerge en su tradición gastronómica más participativa y festiva: la temporada de calçots. Este brote de cebolla tierna, asado a la llama viva y acompañado de la icónica salsa romesco, se ha consolidado como el plato social por excelencia del invierno. Aunque su origen se remonta a las zonas rurales de Valls, este 2026 la tendencia de la "calçotada urbana" ha tomado las calles de Barcelona, permitiendo que locales y turistas disfruten de este ritual ancestral sin salir de la ciudad.
Establecimientos de referencia como el Restaurante Vinticinc, en el corazón de la Ciudad Condal, lideran esta propuesta, ofreciendo experiencias que combinan la autenticidad del campo con el confort y la sofisticación de la restauración urbana.
Calçots y Romesco: La pareja perfecta de la gastronomía catalana
El secreto de una buena calçotada reside en la sencillez y el respeto por el producto. El calçot se cocina tradicionalmente sobre sarmientos (ramas de vid), lo que le otorga su característico sabor ahumado y una textura interior tierna y dulce. Sin embargo, el alma del plato es, sin duda, la salsa romesco. Elaborada a base de tomates y ajos asados, almendras, avellanas, pan tostado y ñoras, esta salsa es el complemento que eleva la experiencia a un nivel gastronómico superior.
En 2026, los chefs están apostando por versiones del romesco más refinadas, ajustando los niveles de frutos secos y aceites de oliva virgen extra de proximidad para resaltar el sabor del calçot de Indicación Geográfica Protegida (IGP).
Vinticinc y el auge del "Social Dining" urbano
El restaurante Vinticinc en Barcelona se ha convertido en el epicentro de esta tendencia. Su propuesta de calçotada urbana permite a los comensales vivir el ritual completo: el uso del babero, el pelado manual del calçot y el inconfundible gesto de mojar la cebolla en la salsa, todo en un ambiente cosmopolita.
"La calçotada es, ante todo, un acto de compartir. En el entorno urbano, hemos logrado mantener esa mística de reunión entre amigos y familia, simplificando la logística pero manteniendo el sabor de la brasa auténtica", señalan desde el sector.
Tras los calçots, el menú suele completarse con carnes a la brasa, judías y una crema catalana, cerrando un ciclo de sabores que define el invierno mediterráneo.
Impacto económico y sostenibilidad de proximidad
La temporada de calçots es un motor vital para la agricultura catalana. Este 2026 se prevé una producción récord, impulsada por una demanda creciente tanto en mercados locales como internacionales. Además, la tendencia hacia el consumo de "kilómetro cero" ha reforzado la conexión entre los payeses (agricultores) de Tarragona y los restaurantes barceloneses, garantizando que el producto llegue de la tierra a la mesa en menos de 24 horas.
Con la temporada en su punto álgido durante este mes de febrero, el calçot no es solo un alimento; es un símbolo de identidad, resistencia cultural y, sobre todo, la excusa perfecta para celebrar la amistad alrededor de una mesa.



